Apología para una religión vaciada de dogma

Ensayo sobre espiritualidad sin religión; lo sagrado sin sacramentos

Miguel Adrover

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Other World (M.C. Escher, 1947)

Una vez desperté de una pesadilla y me puse a rezar. Sentí un bochorno cabrón al escucharme hablándole en voz alta a alguien que nunca me contestaba. Dejé de rezar a principios de la década de los noventa. Tenía unos 11 años, pero decir a los 11 que uno no cree en Dios es ganarse una nalgá. Por mucho tiempo me sentí como un freak — con una curiosidad cabrona que le estaba malo a medio mundo. La curiosidad la llevaba — y aun la llevo — como alguien que tiene un tumor con pelo y ojos saliéndole del cuello.

Mi espíritu santo tenía hambre — se me quedó en una muela la hostia. Y la MTrinidad nunca me hizo mucho sentido. Nunca pude entender frases como: “Dios es amor”, “Jesús murió por ti”, entre otras. Sí me hizo todo el sentido del mundo la ciencia. Las estrellas sí murieron por mí; estoy hecho de lo que se cocinó en ellas. Pude entender ‘Espíritu Santo’ al enterarme que mirar estrellas es mirar al pasado. Éxtasis, numen, experiencia religiosa: todo esto me da cuando doy cuenta de lo inmensamente pequeño, cuando doy cuenta de lo inmensamente enorme…

El vasto vacío en un átomo de hidrógeno;

está lleno de vacío un átomo de hidrógeno

¡Aleluya!

Hay aminoácidos en un cometa

¡Salamaya!

Saber que hay bucky balls cósmicos, pone mis neuronas a disparar química sagrada — la misma bioquímica que se disparó en la glándula pineal de Juana de Arco. El cerebro de billones se bañó — y se baña — en esta electroquímica, vía el bombardeo sensorial que estimulan las naves de la Capilla Sixtina, el techo de La Sagrada Familia en Barcelona, el Buda de Henan, la geometría sagrada de Nazir-Al-Mulk, una escultura de Jesús de Nazaret crucificado

Quiero decir que lo tremendo, lo sublime, kantianamente hablando, no solo lo vive el teísta. Kant definía lo sublime como aquello que te deja sin aire, lo que te impresiona más allá de las palabras. Y son pocas las que hay para describir, por ejemplo, lo tremendo en un hoyo negro 12 billones de veces más grande que el Sol. Esto es más tremendo y sublime que cualquier misterio judeocristiano.

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